IEl Parlamento Europeo debe adoptar definitivamente, el martes 18 de abril, un texto legislativo que aún será recordado en 2050. Al menos eso debemos esperar, ya que es la parte central del Green Deal, que apunta a la neutralidad de carbono del continente en este horizonte. Su objetivo es reducir las emisiones de carbono en la Unión Europea (UE) en un 57% desde los niveles de 1990 para 2030.
La pieza central de este sistema, único en el mundo, es un refuerzo considerable del mercado de carbono, una gran innovación europea. Damos un precio creciente a la contaminación que queremos evitar, en este caso las emisiones de gases de efecto invernadero.
Por el momento, solo los productores de electricidad, acero, aluminio o cemento, es decir, las industrias pesadas de mayor consumo energético, están sujetos a un complejo sistema de cuotas de emisión que limita una cantidad de CO2 que se emitirá cada año y grava cualquier cosa por encima de eso.
Este tope se va rebajando periódicamente, y las cuotas gratuitas del principio irán desapareciendo paulatinamente. Pero, para ganar la batalla por el clima, era necesario embarcarse mucho más allá, y en particular los dos sectores cruciales de la vivienda y el transporte. Tras una pugna homérica, los 27 países miembros de la UE han acordado integrar progresivamente el transporte por carretera, aéreo y marítimo, así como la calefacción de edificios.
Prioridad clara
Finalmente, la última pieza del sistema, el acero, el aluminio, el cemento, la electricidad o los fertilizantes que entren en el Viejo Continente pagarán su parte de este esfuerzo, en forma de impuesto al carbono en las fronteras de Europa, para no penalizar a los competitividad de los productores europeos ya sujetos a este impuesto.
Los economistas están contentos. La mayoría recuerda la fuerza de la señal del precio en la evolución del comportamiento. Lo experimentamos duramente, pero de manera efectiva, este invierno con el aumento de los precios de la energía. Los políticos destacan que la aceptación social de tales aumentos no está garantizada y que el fantasma de los ‘chalecos amarillos’ duerme con un solo ojo.
Finalmente, los fabricantes advierten sobre los riesgos de las reubicaciones masivas. Porque, si se gravarán las materias primas importadas, no se gravarán las transformadas, lo que alentará a que se produzcan en otros lugares. Y sobre todo en países muy acogedores en estos momentos, como Estados Unidos.
Bruselas cuenta con sus planes, ayuda social y subsidios a la industria verde para compensar esta nueva carga. La arquitectura general de todo este sistema es, por tanto, tan compleja como ambiciosa. Pero al menos establece una prioridad clara. Y subraya, implícitamente, las muchas trampas que se interponen en el camino de la transición climática.
