«La idea, constantemente retomada desde el movimiento de los ‘chalecos amarillos’, es que la violencia paga»

«La idea, constantemente retomada desde el movimiento de los ‘chalecos amarillos’, es que la violencia paga»

Il noveno día de manifestaciones contra la reforma de las pensiones, el jueves 23 de marzo, se vio empañado por numerosos desórdenes y violencia, en París, pero también en algunos otros en Francia. Se ofrecen varias explicaciones para entender esta radicalización visible.

El primero es político y responde a la verticalidad del poder que ejerce y asume la Presidencia de la República; verticalidad acentuada por el distanciamiento de los organismos intermedios -incluidos los más abiertos a la lógica del compromiso (la CFDT)- que parece firmar la gobernanza de Macron. Si la violencia se produce también mencionada, es porque la herramienta legislativa para aprobar este polémico texto da fe ante las múltiples miradas de los manifestantes de esta práctica “jupiteriana” del poder. La utilización del artículo 49, apartado 3, ciertamente perfectamente constitucional -recuérdese que ha sido utilizado un centenar de veces desde 1958, con una sola moción de censura adoptada-, puede parecer a muchos como un modo de adopción poco consensual del texto (acreditando la idea de un «paso forzado»).

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Más aún, la práctica revela una contradicción presidencial. Si el jefe de Estado, en una vena muy republicana, puede oponer la fuerte legitimidad institucional a la comprensión de la débil legitimidad de la calle, entonces comente que al mismo tiempo está negando la legitimidad del organismo republicano más poderoso: el cámara que encarna la soberanía de la nación, al negarle el derecho al voto. No hay duda de que esta aparente contradicción pudo haber contribuido fuertemente a alimentar el fuego. También ofreció a los manifestantes un medio para legitimar la violencia, presentada como esencial cuando es política. La violencia de los manifestantes ya no se presenta como agresiva sino como reactiva, respondiendo a una violencia institucional (el “paso forzado”) que la precedería.

lógica emocional

La segunda es más sociológica y nos recuerda que la violencia política responde a cuatro lógicas. Primero una lógica instrumental. La idea, repetida constantemente desde el movimiento de los «chalecos amarillos», es que la violencia paga. Permite tanto hacer reaccionar al poder, que teme un desorden que ponga en entredicho su función primordial (garantizar el contrato social y la paz ciudadana) como obtener visibilidad en el espacio público ya que el fuego y los gritos atraen las cámaras de televisión, como la miel con las abejas. Poco a poco se va afianzando la idea de que un evento tradicional tranquilo al final sería de muy poca utilidad.

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