ILos pioneros del metaverso se estancan al inicio; Las carreras de inteligencia artificial (IA), abrumadas por su propia creación, están instando a una pausa. Estas dos actualidades nos enseñan que, para un emprendedor, es perjudicial rimar “innovación” y “prisa”.
Entonces, ¿para qué usar este precioso tiempo si no quieres más comienzos en falso? Reunirse para establecer un marco de confianza en torno a estándares voluntarios. Sin esperar a un marco regulatorio estabilizado.
Si una revolución industrial se desarrollaba sin contratiempos, se sabía. La mecanización, el petróleo, Internet, la genética, hoy la IA… Hemos vivido suficientes “revoluciones” tecnológicas en los últimos trescientos años para saber que esto no es un asunto tranquilo.
Cada vez, la economía, el sistema bancario, el mercado laboral, la opinión pública entran en una zona de turbulencia. Sin mencionar el clima… Por lo tanto, no nos sorprende ver hoy a los gigantes tecnológicos dar marcha atrás en su modelo económico en términos de metaversos. Ni leer en los diarios su llamado a una pausa en la investigación sobre IA, tanto el invento presenta el riesgo de devorar a su inventor.
Por lo tanto, la carrera por la IA y la carrera por el metaverso están experimentando un falso comienzo al mismo tiempo. Entendemos que, en una competición mundial, sería un error procrastinar: en la fábula de la liebre y la tortuga, la liebre despreocupada es adelantada en la línea de meta. Pero, a fuerza de ceder al ritmo hipnótico del marketing de la innovación, nos olvidamos de un paso importante: construir unos cimientos sólidos.
Un soplo de oxígeno
La normalización es este tiempo de consulta voluntaria donde los actores de un sector se reúnen para describir, con espíritu de consenso, las buenas prácticas, métodos y estándares que facilitarán la inserción de sus innovaciones en el mercado, generarán confianza y tranquilidad al consumidor.
Está claro que, cuando te tomas el tiempo de anotar buenas prácticas, todo es más fluido. ¿Qué hubiera pasado con el mercado bancario si cada marca hubiera desarrollado su propio formato de tarjeta de crédito, sin darse cuenta de que era prudente consultar a los competidores, fabricantes de cajeros automáticos y chips electrónicos, para conocer los estándares dimensionales?
Está de moda quejarse del “peso de las normas”, poniendo en el mismo cesto normas reglamentarias –las de “hard” law- y normas voluntarias –las de soft law. O las normas voluntarias dan un soplo de aire fresco a los actores que se interesan por ellas.
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